La solidaridad de algunos guías se vuelca con los más olvidados.

Las monjas de clausura, víctimas silenciosas de la pandemia. Toledo

La vida conventual estaba agonizando en Toledo, pero el Covid le ha dado la puntilla. Las 150 monjas que sobreviven en precario en los 12 conventos que aún funcionan en la ciudad han llegado a tener dificultades, incluso, para comer. En el monasterio de San Pablo, a sus trece moradoras la crisis del coronavirus les ha tocado de pleno. Ellas ya estaban acostumbradas al encierro, a la distancia social y a sobrevivir con lo justo, pero, además, su principal dedicación, la costura, se resintió con las cancelaciones de las celebraciones de Semana Santa y el Corpus, que les dejó sin los encargos que tenían que haber bordado para las procesiones y celebraciones religiosas. Sin apenas ingresos, y con unos gastos de 2.000 euros al mes para pagar la seguridad social, el convento agoniza sin ayudas oficiales, ni de la iglesia. Y lo mismo ocurre en el resto de monasterios toledanos, la mayoría dedicados a vender dulces a turistas que ahora escasean en la ciudad.

Mientras los responsables institucionales parecen tener las ideas paralizadas para evitar la pérdida del patrimonio artístico y espiritual de los conventos toledanos, «un grupo de tres guías turísticos de la ciudad, -que también están sufriendo los efectos de la pandemia en su trabajo-, decidieron ayudar a las monjas y echar una mano de forma desinteresada. Felipe Ribeiro, Juan Ignacio Vázquez y Mariló de Ancos han organizado desde septiembre cuatro visitas a los conventos de las Comendadoras de Santiago, San Pablo, San Antonio y San Clemente, cuatro de los grandes monasterios que aún mantienen la vida conventual, y durante jornadas maratonianas de viernes a domingo han organizado grupos reducidos de visitantes, para cumplir de forma estricta el protocolo sanitario, y conseguir fondos que sirvan para aliviar algo la difícil situación que están pasando. Los tres, junto con otros compañeros, se están dejando la piel y ya preparan otras visitas a partir de enero. En una hucha los guías van cobrando cinco euros como mínimo por visita, un dinero que entregan íntegramente a las monjas, a las que compran los ingredientes para que elaboren dulces, que también ponen a la venta, así como diferentes bordados y hasta mascarillas que realizan en sus salas de labor.

Tras la llamada realizada por los guías, los toledanos están respondiendo masivamente y los grupos se llenan rápidamente en cada convocatoria para ayudar a las monjas en estos difíciles momentos. A cambio, todos ellos han tenido la oportunidad de conocer un patrimonio único, que forma parte de la ciudad, un universo de palacios medievales, jardines, patios, limoneros, naranjo y claustros, entre muros inexpugnables, que conviven junto al otro Toledo, el conocido en el mundo entero. Mientras las monjas viven estas jornadas abrumadas por el trasiego de personas, algunos toledanos han descubierto, por primera vez, el claustro renacentista del convento de San Pablo o el jardín del convento de San Antonio, en donde viven solo siete monjas en la actualidad, un convento, situado en plena corazón turístico de Toledo, junto a la iglesia de Santo Tomé, y que fue muy popular en la ciudad por sus trabajos de costura. Hasta finales del siglo XX era habitual llevar a estas hermanas, a través del torno, prendas imposibles de coser y que solo ellas sabían recuperar. Ahora son famosos sus dulces y también otras delicias gastronómicas, como las empanadas, que también han puesto estos días a la venta.

La paz y la espiritualidad se respira en cada rincón de estos monasterios. Es como entrar en otro mundo en pleno corazón del Casco Histórico; uno de los más grandes es el convento San Clemente, la cuna del mazapán, un gran conjunto de edificios que ocupan varias manzanas, con varias entrada por la plaza Padilla y la calle de san Clemente, que hasta la Casa del Armiño. Allí, en el siglo XVI llegaron a sobrepasar las 200 religiosas, aunque en la actualidad son 14: 7 españolas, 4 americanas y 3 indias, que mantienen vivo el convento. Mariló de Ancos explica que el despertar en las celdas comienza muy temprano, a las cuatro y media, en plena noche cerrada, aún en verano. Ahora se dedican a los dulces pero hasta hace unos años elaboraban sombreros, pamelas, flores de fantasía para la solapa y la lavandería.

La experiencia para estos guías que han participado en las visitas ha sido única. Así lo cuenta a ABC Juan Ignacio Vázquez Lacunza, quien tras más de veinte años explicando los conventos a los turistas que ha recibido en Toledo, explica que «esta ocasión ha sido enriquecedora y transformadora porque me ha permitido acercarme al alma de estas comunidades. Las religiosas nos han mostrado todo su cariño, aún dentro de su miedo por la pandemia que nos acecha. Nos tenían siempre preparado un espacio con café, agua, dulces o algo de comer; incluso nos invitaron a comer allí. Para ellas supuso un reto muy importante la entrada de tantas personas a su casa, pero a la vez se emocionaban cada vez que les anunciábamos el número de personas que con tantas ganas se apuntaban a las visitas para ayudarlas con sus donativos».

«Las religiosas nos han mostrado todo su cariño, aún dentro de su miedo por la pandemia que nos acecha. Nos tenían siempre preparado un espacio con café, agua, dulces o algo de comer; incluso nos invitaron a comer allí»

En cada convento o monasterio las monjas «nos han hecho sentir como en casa». «Antes de las visitas nos contaban detalles de su historia, del convento, de su vida, de la comunidad; esas cosas que no aparecen en los libros al uso, y que luego nos servían para sorprender a los toledanos, tan conocedores de la ciudad, pero impresionados al final por descubrir también ellos cosas nuevas. Personalmente, el momento más sensible ha sido en cada ocasión al terminar las visitas y volver a casa: muy positivo por un lado al comprobar el éxito de las jornadas, pero triste por otro lado porque, después de haber estado durante dos o tres días contando todos esos detalles a los visitantes, a tal nivel que era como si todos ellos fueran parte de mí, quedaba al final una sensación de separación, como si dejara algo de mí tras esos muros».

La pandemia ha logrado que muchos toledanos recuperen esa conexión espiritual de la que habla Juan Ignacio Vázquez Lacunza, una unión con estos monumentos que representan la parte esencial y permanente del alma de la ciudad y que fueron durante siglos como una seña de identidad. De los 28 conventos que había en Toledo en 1787, solo quedan 12, menos de la mitad, cuatro de los cuales han desaparecido recientemente, como Santa Clara y Santa Úrsula, que llevan cinco años cerrados y más recientemente las Capuchinas. En el siglo XIX, el censo superaba las 450, según los datos aportados el año pasado por el profesor José Carlos Vizuete, que ha mostrado su preocupación por el futuro, algo que también han dejado ver la sociedad civil, desde la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas y también en un grupo de 69 investigadores y especialistas del mundo universitario —historiadores, teólogos, arquitectos, juristas, archiveros y responsables de museos— que han creado el Observatorio «Claustra».

La Real Academia de Toledo lleva tiempo advirtiendo de la progresiva pérdida de esta parte importante del patrimonio religioso invitando a las distintas administraciones, la Iglesia Católica y la propia sociedad civil a que ayuden para que estos edificios no desaparezcan y «permanezcan viva la memoria y el ingente patrimonio cultural que han generado y atesoran». También el patronato de la Real Fundación de Toledo ha exigido que se busquen funciones «adecuadas» para los conventos vacíos, «para que no se les trate como un contenedor más en el mercado inmobiliario, disponible para cualquier uso».

El presidente de la Real Academia, Jesús Carrobles, explicaba a ABC que «Toledo tiene cien monumentos, pero los conventos son especialmente simbólicos; son más que quince edificios, son un símbolo de ciudad, de identidad de este país, de la primacía hispana; es algo que estamos a punto de perder y parece que no nos damos cuenta o parece que no lo valoramos lo suficiente». Por ello, insiste en que «tenemos que hablar no solo del valor material, de aquello que podemos perder como, por ejemplo, si se llevan unos cuadros, sino también del valor inmaterial, de lo simbólico».

Desde hace tiempo se está alertando de este grave problema. En 1949, cuando los conventos de clausura estaban llenos de vida, el doctor Gregorio Marañón ya advirtió del declive del que hoy se lamenta la ciudad de Toledo. En los últimos años ha habido más voces que han ido alertando de esta situación, como el doctor en Historia de Arte y académico toledano, Juan Nicolau Castro, que dedicó más de 20 años al estudio del convento de las Capuchinas, una investigación que plasmó en un libro. Nicolau también advirtió, como Carrobles, que dentro de diez años no habrá monjas contemplativas en la ciudad y se pregunta qué ocurrirá con ese inmenso patrimonio que aunque es propiedad de las congregaciones religiosas, pero lo pierde la ciudad a la que ha estado ligado durante siglos.

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